sigue siendo
esa imagen
incorrupta del
deseo.
Más allá de
su falda
sólo existe
el hambre.
Los límites
de lo inalcanzable están
entre la
dejadez de sus ojos
Y la
delgadez de su tacto.
En cada
esquina de su cuerpo quisiera
tropezar con
un tal vez.
Se hace necesario
decirla adiós
sin temor a las despedidas,
antes de que
la bíblica ciudad de su nombre
convierta el
agua en sed.

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